LA BALADA DEL SUEÑO

- Al pie del litoral 


Yo tengo para ti
el silencio de amasar
las noches sin luz.
¡Yo tengo para ti
mis manos y mis sueños!


VIGILIA

Tú fuiste la misma en otro tiempo…
Tú fuiste quien perdió la huella en el oscuro laberinto:
¡tú!, la misma doncella misteriosa que desde el origen
ha esparcido en mi entraña, el temblor del encuentro
de los tiempos de los siglos. ¡Mujer asida a mi sueño!
¡Tú! Canción sin palabras que me amarra a la vida;
agua primitiva del deseo que creces
sobre todo lo construido
como un atavismo salvaje y caprichoso,
fuente encarnizada de mi sed infecunda.
¡Simiente del silencio prolongado!,
extiende tu yo hasta alcanzarme;
¡aférrate a mí! Lascérame y verás brotar
¡la luz transfigurada de nuestros cuerpos!,
la luz prometida de los cielos,
la luz envolviendo nuestro vuelo,
la luz, atravesando el vacío del tiempo y el viento.
¡La maldición del silencio!, el silencio destrozado,
la luz señalando el mutuo camino verdadero:
la misma luz derramando tus senos,
apretándose en tus dedos,
apretando el suspiro tendido
de tu cadera sorprendida,
en el murmullo semidesnudo
de la hierba  y de la piedra.


Si temés caer,
decime, ¿por qué volás?
Si temés volar,
¿para qué despegás?
Si temés amar,
¿para qué me esperás?
Si temés vivir,
¿ por qué me deseás?
Si temés luchar,
si temés morir,
si temés sufrir:…

¡Rompé tu desvelo!
¡Desgarrá esa pesadilla
y tu destierro de nubes y silencio!
¡ Viví!
Abrí tu ilusión como a una concha.
¡ Desnudá al Ruiseñor!
¡ y dejate caer, amando siempre plena!


¿Qué viento luminoso me hizo descubrirte
en el vasto territorio de mis sueños?
¿Qué mágica luz te hace aparecer
como un destello y desaparecer
como el agua trasparente del arroyo?
¿De qué extraño material has sido concebida?
Tú, que anidas tus recuerdos en mi alma;
tú, que cabalgas en mi carne
como cien potros por la pampa.
¿De qué violento volcán emergiste,
tempestuosa figura de hermética voz
y temperamento claro?
Tú, que naufragas
en el silencio alucinado de mis ilusiones.
¡Diáfana doncella, de metas definidas y concretas!
Tú, que has hecho brotar de la noche
el resplandor original de la vida.
Tú, fuerza sin número ni límite.
Tú, que has hundido para siempre en mí
el pequeño sonido de tus pasos.
Tú, nocturna gaviota de vuelo infinito y solitario.


Era en la penumbra el grito silencioso,
¡crescendo vigoroso!
Inmenso fragor de mariposas
destilando gota a gota
su rítmico tañir en el centro de la luz:
Espiga clara que retas al viento
con tu frágil movimiento de espuma y playa.
Aliento diáfano y sereno,
nube ausente y cristalina:
tu danza es de otras manos…para otra gente.
Eres boca suave y melodiosa
que canta sin decir palabra,
y te derramas con fuerza irreprimible,
bogando por la escena
en tu danzar vertiginoso
de brisa y arena
sin pisar.


Cruda vibración de gotas cadentes,
silencio duro, penetrante,
donde la confusa dimensión
de las palabras parece transparente.
Ausente aletear de mandíbulas locas;
pavoroso clamor de mil hogueras nebulosas.
Preso sueño intermitente.
Rota saeta indefinida.
Impotente minotauro.
Fuerza insospechada y contenida.
Distancia clara, honesta, exacta.
Muda prisión.
Idea elemental y primitiva;
ímpetu profundo que naufraga
donde respira la vida.


Un temor de perros
asedia como el viento,
tu pequeño aletear de mariposas.
Un velo oscuro, impostergable,
te asciende desde el vuelo radical
de nuestra aurora:
¡Oh mañana diminuta!
¡Oh candor de cántaros y oficios!
de sueños largos y ligeros,
¡de manos vacías de cósmicas caricias!


SILENCIO ROTUNDO

En el espacio curvo de tu voz
– instante mínimo, incomprensible, vago -,
te desatas y desnudas
con la claridad crepuscular de la ola pasajera,
laberinto tormentoso de destellos incongruentes;
volcánico lazo imperceptible,
devastado por hambrientas caricias
de largas cabelleras frías.
Delgado manantial de sílabas ausentes,
relámpago invisible de luz interminable.
¡Ciego, oscuro,!
alzo mi voz para alcanzarte
más allá del sonido transitorio de mis pasos;
y te ocultas en el fuego
crisálida lunar dormida,
en el fuego implacable,
dormida, insepulta y torturada.


A veces con tu frío silencio
abres mi tristeza a bocanadas,
empujándome al encierro:
¡aislado! ¡sólo!
Trato de reír apartando la amargura,
trato de huir arrastrando mis desvelos,
trato de volar
mirándome caer, ¡impotente!,
buscando en la noche
una nube solitaria que seguir
o una estrella que amar…


La luz reticular de un bombillo
palpa tus senos recónditos
en la soledad de este rincón indescifrable,
de este rincón sin tiempo, sin nombre,
en la paz agitada de los sueños
de escasa ceremonia y de frases silenciosas.
Tu cuerpo, entonces,
surge plano a plano
calado por esa extraña luz
de anhelos inconclusos y secretos,
y en este asombro sonámbulo
el deseo fornica con el miedo
mientras miro mi mano vacía…
Afuera, un grillo sistemático
se carcome en el silencio:
Tú no estás.


Un día te encontré
con la cabeza baja como una gaviota
por la playa. Tu paso silencioso alzaba su vuelo temeroso
hundiéndose en mi sueño detenido,
fémina plena, que creces palmo a palmo
junto a mi traviesa caricia capilar:
¡mujer que toco!,
y al tocar evoco la noche que cubre su cuerpo
y mi cuerpo extenso y anhelante. ¡Mujer!
¡Mujer diversa de firmeza insondable y misteriosa!
¡Mujer que afloras en el tiempo!,
tu paso arduo por los años se trasmuta en amor.
Voz cotidiana que crece, me estremece
y multiplica en mi recuerdo.
¡Mujer que irrumpes en mi cuerpo
reclamando su trozo de vida luminosa!
¡Mujer que me reunes por la noche
cuál la noche puntualiza sus estrellas!
¡Mujer de paso diverso!,
cabeza que encierra la joya presentida;
pequeño tesoro que repite su fuente día a día,
pequeño manantial de luz inagotable;
caluroso candor que alcanza
la infinita dimensión de nuestras almas.
¡Mujer!, caricia cotidiana que enciende nuestra piel;
tras el beso indeclinable y tempestuoso,
la unión ancestral nos ha de descubrir,
devorando las noches eternamente fusionados.